Llego el invierno frío y molesto, como son todos los inviernos para alguien que se esconde en su guarida a esperas de alguna idea brillante que le haga mas ameno el tiempo hasta la ansiada primavera. En una de mis crisis de aburrimiento se me ocurrió pintar en la pared de mi habitación un dibujo que un gran amigo me regaló en un momento importante de mi vida, consistía en dos muchachos sentados en un muro de ladrillos uno frente al otro y con sus cabezas grandes y desproporcionadas tocándose muy frágilmente frente con frente, sin bocas ni narices, ni orejas, tan solo unos ojos apenas pintados con una simple raya, como si los tuvieran cerrados y disfrutasen de un hermoso silencio acompañados uno del otro. Tuvo mucha repercusión en mi al ver reflejada en esa representación la mayor carencia de mi vida en aquel entonces. El amor incondicional, verdadero. Sentimientos que resurgieran desde lo mas adentro y salieran sin timidez alguna, tan solo con un gesto.
Le pedí a mi fiel, noble e incondicional amigo, mi primo, que me ayudase en la labor, compramos carboncillo y comenzamos a darle forma hasta conseguir un dibujo de unos tres metros. Recuerdo que me ocupó mucho tiempo pintarlo ya que no me ponía todos los días, tan solo fines de semana y ratos libres donde sentía la necesidad de evadirme del mundo exterior. Mientras pintaba, soñaba despierta en como quería que fuera mi futuro. Soñaba que viajaba por el mundo con una mochila y poco mas, introduciéndome en culturas muy distintas a la mía. Paseaba por lugares hermosos al otro lado del planeta. Cuanto me enriquece soñar...
Después de todo, fue un hermoso invierno porque tuve tiempo para pensar en organizar mis ideas, mis ganas y mi fuerza para después cumplir mi propósito y hacer un gran viaje.Uno de los sueños de mi vida, visitar la tierra de mi hermosa MAFALDA!
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